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¿Una ciudad de cara al robo?: El violento despertar de un San Nicolás que ya no duerme tranquilo

De cara al río, pero de espaldas al vecino: La inseguridad que el marketing Passaglista no puede ocultar.

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El violento robo a un conocido comercio de zona sur detonó la bronca contenida de los vecinos. Mientras el intendente Santiago Passaglia apuesta a los festivales y a una city de cara el río, la ciudadanía denuncia una San Nicolás “liberada”, cámaras que no ven nada y una gestión que prefiere gastar en arbustos que en seguridad. “Hacé algo alguna vez”, el pedido que retumba en el despacho municipal.

San Nicolás ya no es la misma. El sentimiento de impunidad flota en el aire y la paciencia de los vecinos se agotó. El disparador de esta nueva ola de indignación fue el ataque a Oliver Drinks, en Avenida Savio 1147. A Lucas Olivera, su dueño, le reventaron la vidriera a la madrugada y, con una impunidad total, los delincuentes volvieron tres horas después para terminar el trabajo. “Santiago Passaglia, te he mandado mensajes a vos, a la policía… nunca responden. Vos no hacés nada para defendernos”, disparó el comerciante, verbalizando lo que miles sienten en los barrios.

El hartazgo en primera persona: “No se vive del Festival Rico”

Para el nicoleño de a pie, la gestión municipal tiene las prioridades invertidas. El contraste entre la fastuosidad de los eventos y la desprotección en las esquinas es la crítica que más resuena:

“Al fin alguien se anima a mostrar la cara de nuestra hermosa ciudad. No se vive del Festival Rico y del Veranico. Les ponemos el voto y nos dejan desprotegidos”, sentenció un vecino de Barrio Alto Verde.

La selectividad de la gestión es el punto más flojo: “Cuando le tocan las escalinatas de la costanera, enseguida actúan. Pero cuando te roban la moto afuera de un colegio, pedís las cámaras municipales y te dicen que no se ve nada”, relató una madre indignada por un robo frente al Colegio San José.

El sarcasmo sobre el gasto municipal no se hizo esperar: “Si vio el video, te pondrá plantitas… sale más barato que un patrullero”, ironizó otro nicoleño, apuntando al lucrativo negocio del paisajismo que parece ser la única respuesta oficial ante cualquier crisis.

Zonas liberadas y patrulleros “privados”

Mientras los robos escalan, la mirada sobre las fuerzas de seguridad y su coordinación con el municipio es lapidaria. Los vecinos denuncian que los recursos se usan para cuidar intereses particulares y no el bien común:

“Bien por la Comisaría 2° de Somisa que tiene liberada la zona. Antes tenían un patrullero por Savio a la altura de Malvinas… ahora tienen un móvil cuidando una casa en la zona de calle 5 Oeste. Todo muy raro”, denunció un vecino que nota la ausencia policial en las arterias comerciales.

En Barrio Las Flores, el miedo camina por los techos: “Estamos cansados de que los chorros caminen los techostodas las noches  para llevarse algo”. En la zona norte, el diagnóstico es el mismo: “La delincuencia nos tiene de rehenes y encerrados”.

Así se ve la prevención real en Ramallo. Una garita móvil que se planta donde el delito quema.
Así se ve la prevención real en Ramallo. Una garita móvil que se planta donde el delito quema.

El dilema: ¿Festivales o Garitas Móviles?

La discusión sobre si la seguridad depende de Provincia o del Municipio ya no convence a nadie. Los nicoleños miran con envidia a los distritos vecinos como Ramallo, donde la gestión local —sin tirar la pelota afuera— instaló garitas móviles y búnkers de vigilancia en puntos estratégicos.

“Le echan la culpa a Provincia  igual que con las ambulancias, es lo más fácil. Pero para recaudar no le echan la culpa a nadie”, rezonga un contribuyente ante el aumento de tasas. Ante la falta de respuesta, el clima social se calienta: “Hay que ir, hacer campana y agarrarlos con las manos en la masa… y dejarlos sin manos. Entre comerciantes tenemos que ayudarnos”, proponen quienes ya no esperan nada del Estado.

La excusa de la “jurisdicción provincial” ya no le alcanza al comerciante que tiene que dormir con un ojo abierto. Los ejemplos vecinos, como el de Ramallo y sus unidades móviles, demuestran que cuando hay voluntad política, la seguridad se gestiona.

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