Opinión

La cirugía sin anestesia y el desafío de reconstruir la confianza

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Desde que la Argentina eligió la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, inició un derrotero de aislamiento cuyas consecuencias todavía pesan. No fue invitada a la conferencia de Conferencia de San Francisco, donde se diseñó la arquitectura financiera global que daría origen al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial.

A partir de allí, entre vaivenes ideológicos y sucesivos golpes de Estado, se consolidó una matriz productiva pensada hacia adentro, convencida de que el mercado interno y la renta agropecuaria serían suficientes para sostener cualquier ambición.

Generales y técnicos, con respaldo político, moldearon un esquema industrial de sustitución de importaciones que priorizó el abastecimiento doméstico sin reparar en competitividad ni integración global. El resultado fue una trama de fábricas suburbanas, comercios protegidos y empleo formal dependiente de un consumo interno artificialmente estimulado. Nadie quiso preguntarse cómo se generarían las divisas necesarias para importar insumos, piezas o tecnología. Se asumió que el campo cubriría todos los baches. Allí germinó un populismo que, ante cada ajuste inevitable, respondió con rutas cortadas y cubiertas incendiadas.

El modelo mostró pronto sus límites. Sin exportaciones dinámicas ni acceso fluido al crédito internacional, cada expansión del consumo derivó en crisis de balanza de pagos. El célebre “stop and go” se convirtió en una constante: controles, devaluaciones e inflación como remedios repetidos de una enfermedad estructural. La protesta se dirigía contra el FMI, pero el problema era más profundo: la ausencia de una base financiera sólida.

No hay industria sustentable sin moneda confiable. No hay empleo regular sin crédito. No hay crédito sin ahorro. Y no hay ahorro sin confianza. Esta secuencia elemental fue ignorada por décadas. Se privilegió la producción física, las toneladas y los metros lineales, por encima de las señales de precios. En esa visión, cercana a la planificación militar o a los regímenes estatistas, la oferta y la demanda eran sospechosas, casi un obstáculo moral frente a la “soberanía”.

Referentes como Enrique Mosconi o Manuel Savio impulsaron industrias estratégicas bajo la premisa de que el Estado debía proveer los recursos necesarios, sin reparar en su costo financiero. Décadas después, pensadores como Aldo Ferrer o Marcelo Diamand reforzaron esa lógica estructuralista. El saldo fue previsible: bancos de desarrollo quebrados, créditos blandos que enriquecieron a pocos y subsidios fiscales que drenaron recursos escasos.

Cuando llegó el default de 2001, la demolición fue completa. El cierre de las AFJP, la destrucción del mercado de capitales y la persistente inflación terminaron de evaporar cualquier instrumento financiero capaz de amortiguar crisis futuras. Mientras países como Chile consolidaban un arancel bajo y uniforme, fortalecían sus instituciones y financiaban a sus empresas con ahorro interno, la Argentina profundizaba su fragilidad.

Hoy, con la apertura económica en marcha, esa debilidad queda al desnudo frente al avance de competidores globales. La sensación es la de una cirugía urgente realizada sin anestesia ni insumos. Sin moneda ni crédito, no hay redes de contención ni transiciones ordenadas. Cada reforma expone heridas acumuladas durante décadas.

La reciente reforma laboral, en lugar de generar consenso, despertó temores sobre el “clima social”. Paradójicamente, una sociedad que toleró años de regresión productiva parece impaciente ante el esfuerzo de reconstruir una moneda creíble. Se multiplican las recetas alternativas, pero pocos explican quién tendría la legitimidad política para aplicarlas.

La transformación en curso no es un debate académico sino una disputa de poder. Los manuales existen; lo novedoso es que un presidente como Javier Milei fue votado con la promesa explícita de ejecutarlos. Ya no habla solo el economista; gobierna el político, obligado a medir cada movimiento en un tablero donde confluyen intereses corporativos, tensiones sociales y urgencias fiscales.

El desafío central es reconstruir confianza. Sin ella, ningún proveedor financiará la transición. Sin ella, ningún ahorrista depositará su dinero. Sin ella, la modernización será apenas un discurso. La historia ofreció una oportunidad improbable: un dirigente dispuesto a romper inercias arraigadas. Pero esa ventana es frágil. Si cede ante demandas de gasto sin respaldo o retrocede ante presiones sectoriales, el intento quedará trunco.

La Argentina enfrenta una decisión de fondo: persistir en el círculo vicioso del aislamiento y la protesta ritual, o sostener con firmeza un proceso que promete dolor inicial y estabilidad futura. Cambiar el clima social no requiere nuevos eslóganes, sino coherencia y constancia. Solo así podrá recuperarse la moneda. Y con ella, el crédito, la inversión y el empleo que durante tanto tiempo se proclamaron, pero nunca se cimentaron.

 

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