Si pateas por el centro, esperás el colectivo cerca de la Escuela Comercial o recorrés el barrio Fortinero, seguramente lo cruzás seguido. Siempre impecable, con su carpeta bajo el brazo y ese paso apurado de quien tiene un compromiso impostergable, Edgardo Acosta no es un vecino más. Es el hombre que, día a día, se mantiene como el “reloj humano” de la ciudad, marcando el pulso de las tardes con una frase que ya es parte de nuestra identidad.
La dinámica funciona como un código secreto que se mantiene vigente a través de las décadas. Basta con que alguien le grite desde lejos: “¡Chavoooo!”. Edgardo, sin detener su marcha pero con una precisión asombrosa, responde con su marca registrada: “¡Dale, dale que te perdés El Chavo!”. Para los más curiosos que se animan a preguntar por qué capítulo están pasando hoy, la respuesta es un clásico absoluto: “En la escuelita”, afirma con la convicción de quien conoce la programación de memoria.
Un trabajador de paso incansable
Detrás del personaje que parece habitar la vecindad más famosa del mundo, hay un hombre de trabajo muy respetado que sigue recorriendo nuestras calles. Sus inicios en la memoria colectiva se remontan a 1978, cuando ya cumplía funciones clave como cobrador de una veterinaria en la zona de la avenida Savio. “Es una excelente persona y muy trabajador. Con su caminata ya dio como dos vueltas al mundo”, comentan quienes lo conocen desde hace casi cincuenta años.
Ese oficio de caminante lo llevó a conocer cada rincón de San Nicolás, desde los barrios más alejados hasta las puertas de los colegios. Para los nicoleños que hoy promedian los 60 años, Edgardo Acosta es el cobrador cumplidor de toda la vida; para los jóvenes que hoy salen de la secundaria, es el “crack” que ‘’Recomienda el chavo’’
Patrimonio de nuestra identidad
Historias como la de Edgardo, son las que le dan color a nuestra idiosincrasia. Son esos personajes que construyen la memoria de una ciudad y que, afortunadamente, seguimos viendo pasar por nuestras veredas. Cruzarlo es, de alguna manera, sentirse en casa. Su figura representa una ciudad que todavía guarda espacio para lo humano y lo pintoresco entre tanto apuro moderno.
Como bien afirman los vecinos nicoleños, “el que no se cruzó a este hombre, no caminó San Nicolás”. Edgardo Acosta es la prueba viviente de que los monumentos más valiosos de nuestra ciudad no están hechos de bronce ni de piedra, sino de carne, hueso y con esa retórica espontánea que queda grabada para siempre en el corazón de un pueblo. Su figura es, en definitiva, un patrimonio que sigue recorriendo nuestras calles y recordándonos quiénes somos.



