
Natalia “Pochi” Boffa se reconoce inquieta desde muy pequeña. Pasaba gran parte de su tiempo imitando a las vedettes del momento y esa inquietud le generó más de una dificultad durante su paso por la escuela: no le gustaba recibir órdenes.
Hizo danza desde chica, pero abandonó porque no quería rendir exámenes de esa rama del arte. Para ella, la danza representa libertad y la idea de ser evaluada no encajaba dentro de ese concepto. Sin embargo, años más tarde, la danza volvió a cruzarse en su camino al descubrir obras y muestras que la deslumbraron. Lo que comenzó como un mundo de curiosidad terminó transformándose en su sustento de vida, su canal de expresión y su misión en este mundo.
Su profesionalismo y su calidad humana se manifiestan en partes iguales, destacándose en cada momento según lo que la emoción y el sentir demanden. Fue una de las hacedoras del Centro Cultural Partes y una de las impulsoras de proyectos que contribuyeron a proyectar y profesionalizar la danza en la ciudad.
Es docente en la Escuela de Arte Liliana Grinberg y una de las directoras del grupo de danza “El Andén”, perteneciente a esa institución. Además, gran parte de su actividad artística se desarrolla en “La Pecera”, el espacio propio que construyó para dar y recibir alegría, aprendizaje y bienestar.
La elegida por la danza: “Yo no elegí a la danza, ella me eligió antes de nacer, no existe ningún vínculo familiar con esa rama del arte, siento que forma parte de mi ADN, no me puedo separar de ella, siento que voy a morir el día que deje de bailar”.
La danza como actividad terapéutica: “Es un tema recurrente de charla en mis clases, la danza te permite generar conexión, pero esa conexión también debe ser con uno mismo, poder expresar lo que te pasa, saber como se siente tu cuerpo, percibir dolores físicos, la danza también existe de alguna forma para saber y entender lo que te esta pasando y de ahí accionar sobre si mejorar tu hábitos o bajar un cambio”.
El disfrute de bailar y enseñar: “Siempre me gustó la docencia, es más que un sustento de vida. El escenario y bailar en todo momento me dieron satisfacción, pero el ‘dar’ desde la docencia es algo único para mí: ver los cambios que se van produciendo con el correr de las clases, ver como llegan de una manera y se van de otra, las críticas o comentarios al finalizar la clase, la sumatoria de todo eso me da un placer muy especial. Enseñar como un medio de sanación del otro”.
La mirada terapéutica de la danza: “Sin importar la edad de la persona, hoy en la sociedad veo mucha ansiedad producto de la vorágine que atraviesa todos los días por medio de la rutina y sus conflictos. Desde la danza intento establecer la conexión necesaria para romper con la rigidez que esa ansiedad trae, romperla desde un plano corporal, mental y espiritual, a través del bailar, el estiramiento o el simple contacto de la mano sobre una parte del cuerpo; busco que la persona vuelve a su comodidad habitual y de alguna forma llegue a un estado de relajación y bienestar aunque sea momentáneo. Lla dedicación y el amor que le pongo a todo esto, cada tanto, me lo hacen notar y claramente es un motor más que suficiente para que lo siga haciendo y busque mejorar cada día más”.
La dificultad para vivir del arte: “Es difícil, siempre lo fue, el mundo siempre estuvo difícil, pero con este ‘ser inquieta’ desarrollo la disciplina necesaria para tener un orden mental que me lleve a mejorar la creatividad y mi pasión. Por suerte la docencia me permite estabilidad y seguir viviendo de esto”.
La rebeldía disciplinada: “Maduré y aprendí de las necesidades que me presentaban la disciplina y el profesionalismo, comprendí que no existe un razonamiento estricto pero si son necesarios establecer un lenguaje de palabras y acciones para cada persona que decida aprender de esta rama del arte ya sea como bailarín o docente. La vida te va enseñando con ejemplos claros, con fracasos y algún que otro éxito y tenés que darte cuenta de eso”.
El legado al mundo: “Me queda mucho todavía por experimentar pero siento que mi misión es ayudar a sanar a las personas, ya sea como docente o arriba del escenario, desde el plano artístico, terapéutico o humano: elaborar un mensaje que los lleve a sentirse mejor con ellos mismos y sus entornos”.


