
Todo salió muy bien. Y por primera vez en la historia, un hombre caminó sobre la superficie de la Luna, hace ya 57 años, y horas después de haber posado un vehículo en su superficie. Fue el domingo 20 de julio de 1969, a las 20:17:40 UTC (Tiempo Universal Coordinado): la misión Apolo XI había llegado a su fin. Faltaba lo más difícil: volver a la Tierra.
Todo salió muy bien, pero pudo salir muy mal. Gran parte de la heroica historia de la NASA de conquistar la Luna tiene secretos profundos, pequeñas historias no contadas, o contadas con gotero, que estas líneas chismosas intentarán rescatar. Tres astronautas integraron aquella misión: Neil Armstrong, su comandante, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins. A los tres los unió primero el peligro y después la gloria.
Tanto los unió que hoy cuesta saber quién de los tres no pisó la luna. Fue Collins. Quedó al comando de “Columbia”, la nave madre que dio vueltas en la órbita de la Luna, mientras sus camaradas alunizaban y daban unos tímidos saltos en aquel terreno ceniciento. De la nave madre que pilotaba Collins, se desprendió el módulo lunar “Eagle – Águila” con Armstrong y Aldrin a bordo, encargados de algunas tareas a llevar adelante en suelo lunar: Collins debía esperarlos a que regresaran sanos y salvos y se acoplaran de nuevo a la nave madre.
Apolo 11 fue el punto final de la primera parte de la carrera espacial destinada a conquistar el universo exterior. Pero no había nacido con esa misión. A finales de los años 50, la URSS liderada por Nikita Khruschev lanzó el primer satélite artificial porque intentaba vigilar el territorio de los Estados Unidos de la misma forma que Estados Unidos fotografiaba el territorio de la URSS con aviones espías lanzados desde bases americanas instaladas en Turquía y en Islamabad, Afganistán.
En 1961, el presidente John Kennedy lanzó un desafío: colocar un hombre en la Luna antes del fin de esa década. Es una historia apasionante, que no será contada aquí.
El plan secreto si el Apolo 11 fracasaba
La posibilidad de que todo saliera mal en la misión Apolo, y estuvo a punto, era tan real que Collins tenía instrucciones precisas: si el azar, un yerro, una tuerca loca, una torpeza, echaba todo a perder, y estuvo a punto de suceder, él debía dejar a Armstrong y a Aldrin en la Luna, vivos o muertos, y regresar a Tierra.
Mientras se forjaba el éxito de Apolo XI, Collins fue el tipo más solo del mundo. Hoy, de aquellos tres astronautas sólo vive Aldrin, tiene 96 años y todavía guarda secretos de la misión, cosas que compartió con Armstrong y Collins y que jamás reveló porque ese era el pacto entre los tres.
¿Qué pudo salir mal aquel día del alunizaje? Primero, el “Eagle” casi se estrella en la Luna. Armstrong y Aldrin vieron que el área prevista para el alunizaje, un cráter enorme de unos treinta metros de diámetro, estaba sembrado de rocas gigantescas: “No era para nada un buen lugar. Así que tomé el control manual de “Eagle” y lo volé como un helicóptero, en dirección oeste”, recordó Armstrong en 2012, poco antes de su muerte.
Ya ven, como un helicóptero: la misión espacial más importante de la historia, y el tipo decide pilotar el módulo lunar como un helicóptero.
Por alguna razón, ese módulo volaba fuera de los parámetros previstos. Minutos antes, a unos mil ochocientos metros de la Luna, la computadora del “Eagle” había tirado en pantalla dos alarmas inesperadas con un código numérico: 1201 y 1202.
Nadie sabía qué quería decir eso. Desde el control de tierra, el ingeniero Jack Garman dijo que igual era seguro seguir adelante. Atribuyó la rareza a una sobrecarga de información de la computadora de a bordo.
En 1969, la computadora de los astronautas tenía diez veces menos capacidad que una foto de hoy en formato jpg. A treinta y tres metros de la Luna, Armstrong notó que el combustible propulsor del módulo lunar se acababa, así que decidió aterrizar en el primer sitio que considerara seguro.
Cuando alunizó, al “Eagle” le quedaban apenas noventa segundos de combustible. Se posó en un sitio llamado, sin ironías, “Mar de la Tranquilidad”.
Armstrong dijo entonces la primera de sus dos frases famosas: “Houston, aquí Base Tranquilidad. El ‘Eagle’ ha alunizado”. La mención a la “Base Tranquilidad”, implicaba el éxito del alunizaje.
Le contestó desde tierra el astronauta Charles Duke, controlador del vuelo: “Recibido Tranquilidad. Aquí tienen a un montón de tipos a punto de ponerse azules. Volvemos a respirar. Muchas gracias”.
El verdadero desafío: regresar vivos
El “Eagle” no podía ni resfriarse porque, pegado al techo y con tanques de combustible llenos, cargaba el vehículo que serviría a Armstrong y a Aldrin para despegar de la Luna y regresar a la nave madre que pilotaba Collins.
Ese era el drama principal del viaje. Poner a un hombre en la Luna era pan comido para la época. En 1865 lo había anticipado con extraordinaria precisión el gran escritor francés Julio Verne, un maestro en el arte de narrar aventuras.
En su novela De la Tierra a la Luna, Verne, a través de su protagonista, Impey Barbicane, propone un cohete de aluminio llamado “Columbia”, de 36,57 metros de alto por 30,48 metros de diámetro.
El “Columbia” que orbitaba la Luna al mando de Collins medía 48 metros de largo por 36,57 de diámetro. Y era de aluminio. Barbicane aseguraba que un vehículo lanzado a 10.972 metros por segundo llegaría a la Luna. El manual de Apolo XI determinaba: “La velocidad aumentará hasta 10,830 metros por segundo”.
El desafío no radicaba en llevar un hombre a la Luna: radicaba en cómo sacarlo de allí y regresarlo sano y salvo a la Tierra. Y para eso, el vehículo clavado al techo del Eagle era fundamental. Si se dañaba, adiós regreso. No se dañó.
Ahora había que esperar hasta que la Tierra autorizara a los astronautas a pisar la Luna. Durante esa espera, Aldrin celebró la primera ceremonia religiosa en suelo lunar. Era miembro de la iglesia presbiteriana y había llevado un pequeño kit religioso cedido por su pastor.
Usó la radio del “Eagle” para decir: “Me gustaría aprovechar esta oportunidad para pedirle a cada oyente, quien sea y donde sea que se encuentre, que haga una pausa por un momento y contemple estos hechos de las últimas horas, y que agradezca a su manera”. Después comulgó y leyó unas palabras de Jesucristo tomadas del Nuevo Testamento.
Años después, en 2009 en su libro Magnificent desolation (Magnífica desolación), repensó aquella ceremonia religiosa: “Si tuviera que hacerlo de nuevo, no elegiría celebrar la comunión. Aunque fue una experiencia profundamente significativa para mí, fue un sacramento cristiano, y habíamos ido a la Luna en nombre de toda la humanidad, sean cristianos, judíos, musulmanes, animistas, agnósticos o ateos. Pero en ese momento no podía pensar en una mejor manera de reconocer la enormidad de la experiencia del Apolo 11 que dándole gracias a Dios”.
Después llegó lo muy conocido. Armstrong pisó la Luna, fue el primer hombre en hacerlo. En realidad, aferrado a los barandales de la escalerilla del “Eagle”, apoyó el pie izquierdo, dio un salto y volvió a apoyarse en los escalones metálicos: no sabía qué terreno pisaba. Dijo entonces su segunda frase legendaria: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la Humanidad”.
Luego bajó Aldrin, el módulo “Eagle” quedó solo mientras los dos astronautas hacían una breve y reducida excursión lunar: los veían en la Tierra y por televisión, más de 125 millones de estadounidenses y otros 25 millones de personas en otros 36 países, en años en los que la televisión satelital no se había expandido.
Lo que es poco conocido de esos instantes de la epopeya, es que Armstrong y Aldrin permanecieron unidos a “Eagle” por cordones de acero, por si debían enfrentar algún peligro que ni conocían, ni podían identificar.
También tenían que cuidar otro detalle menudo, pero vital: evitar que la puerta del módulo lunar no se cerrara del todo; aquel prodigio de la técnica que los había llevado a la Luna, no tenía una abrazadera que permitiera abrir el vehículo desde afuera.
La tragedia personal de Neil Armstrong
Armstrong era un hombre devastado al trepar a Apolo XI para conducir aquella misión histórica. También esto forma parte de una recóndita intimidad de la misión. Estaba a punto de cumplir 39 años, había sido piloto de combate en la guerra de Corea, prestigioso y condecorado.
En 1962, el mismo año en el que la NASA lo eligió para integrar el exclusivo plantel de astronautas, murió su hija Karen, de dos años, por un tumor cerebral. “Pensé que lo mejor para mí era seguir con mi trabajo”, dijo en una de las pocas veces que habló de su pasado.
La muerte de la pequeña destruyó su matrimonio con Janet Shearn, aunque la pareja se divorció recién en 1994, treinta y ocho años después de casados.
El secreto mejor guardado de Apolo XI es que todo indica que Armstrong llevó a la Luna, y dejó allí, una pequeña pulsera que rodeaba la muñeca de su beba en el momento de su muerte. Los astronautas tenían permitido llevar con ellos unos pocos elementos personales, como el kit religioso de Aldrin.
Es verdad que durante su caminata espacial, Armstrong pasó un breve lapso a solas en un desolado pasaje lunar, pero nunca habló de eso, ni siquiera con su familia; sí lo hizo con Collins y con Aldrin, pero ambos guardaron el secreto.
Mike Armstrong, hijo del astronauta, dijo alguna vez: “No sabemos si dejó algo de Karen en la Luna. Lo mantuvo siempre en privado. Pero es posible…”
Los objetos que quedaron para siempre en la Luna
En la Luna, Armstrong y Aldrin tomaron fotos con una cámara Hasselblad, instalaron aparatos experimentales de medición, dejaron una placa que decía: “Aquí, hombres del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna, julio de 1969 D.C. En nombre de la humanidad, vinimos en son de paz. – Presidente de Estados Unidos de América – Richard Nixon”.
También depositaron una bandera de la misión Apolo I, que había terminado en un desastre, una rama de olivo tallada en oro, un disco con declaraciones de los presidentes americanos Dwight Eisenhower, John Kennedy, Lyndon Johnson y Richard Nixon, en previsión de que alguna forma de inteligencia no terrestre, si es que la hay, pudiera descifrar el texto de la placa y escuchar, con algún equipo no imaginado, el disco con los mensajes.
Entre los aparatos experimentales instalados en la Luna, una cámara de televisión montada sobre un trípode a veinte metros del “Eagle”, llevaría imágenes a la tierra; Aldrin puso en marcha un detector de partículas nucleares emitidas por el Sol, que quedarían registradas en una cinta de metal que volvería a la Tierra con los astronautas.
Luego desplegaron una bandera de Estados Unidos que medía cien centímetros, sostenida por un travesaño metálico horizontal en el borde superior, para evitar que cayera a plomo por la falta de gravedad; también la arrugaron un poco para darle el aspecto de una bandera que flameaba por un viento inexistente.
Por fin, los astronautas hablaron en directo con el presidente Nixon, que estaba solo en el Salón Oval de la Casa Blanca. Collins se perdió todo porque en ese momento navegaba por detrás de la Luna, por su lado oscuro, en un tramo que le llevaría cuarenta y siete minutos.
“En esos momentos –diría después– sentí que estaba más solo que nunca. Lo mismo sentí cuando Armstrong dijo aquello del pequeño paso para el Hombre… Lo eché de menos y me sentí absolutamente aislado de cualquier vida conocida”.
No estaba solo: seguía en contacto con la Tierra y tenía entre manos la parte más difícil de la misión, o una de las más difíciles: coordinar las maniobras para que el cacharro que tenía que despegar de la Luna con Armstrong y Collins a bordo, llegara sano y salvo para acoplarse al “Columbia”. Julio Verne lo hubiera disfrutado mucho.
Poco antes de trepar al vehículo que los iba a llevar a la nave madre, Armstrong recordó a Collins que dejara en territorio lunar, a cincuenta y nueve metros del módulo “Eagle”, una ofrenda personal de ambos: querían recordar a los tres tripulantes de Apolo I, que habían muerto en tierra durante un ensayo de despegue, en enero de 1967.
Dentro de una pequeña bolsa colocaron una insignia del uniforme de Edward White, y las insignias personales de Apolo XI de Armstrong y de Aldrin en homenaje a Virgil Grissom y a Roger Chaffee.
También incluyeron dos medallones alusivos a Yuri Gagarin, el soviético que fue el primer hombre en el espacio y al ruso Valdimir Komarov, el primer astronauta en morir durante un vuelo espacial.
En la madrugada del 21 de julio, después de pasar veintiuna horas, treinta y seis minutos y veintiún segundos en la Luna, los dos astronautas reingresaron al “Columbia”. Antes, pasaron por un último sobresalto.
En el momento de despegar de la Luna en el módulo que había estado en el techo del “Eagle”, Armstrong y Aldrin notaron que al entrar en la pequeña nave con sus voluminosos trajes, habían roto el interruptor de ignición del motor de ascenso. Usaron entonces la punta de un bolígrafo para pulsar el disyuntor que activó el despegue. Y allá fueron.
Qué fue de la vida de Neil Armstrong
Los colmó la gloria, los llenaron de medallas y manejaron todo aquello como mejor pudieron. Armstrong dejó la NASA dos años después del alunizaje, fue profesor de Ingeniería espacial en la Universidad de Cincinatti, colaboró con la investigación del incidente que casi termina con los astronautas de Apolo XIII, aquellos de “Houston, tenemos un problema”; a pedido del presidente Ronald Reagan investigó la tragedia del trasbordador espacial “Challenger”, en 1986 y fue portavoz y directivo de varias empresas: Chrysler, United Airlines y Eaton Corporation.
Le escapó un poco a la fama, su familia dijo de él que era “un reacio héroe estadounidense”. Murió el 25 de agosto de 2012, había sido operado el 7 de ese mes de una obstrucción de sus arterias coronarias., Tenía ochenta y dos años.
Collins, el astronauta que no pisó la Luna, soportó durante años y de buen humor las bromas de la NASA: le decían que era uno de los pocos estadounidenses que no había visto el alunizaje de Armstrong y de Aldrin.
Alguna vez, no muchas, reveló parte de lo que había sido su secreto: “Mi mayor miedo durante los últimos seis meses había sido el de dejarlos en la Luna y regresar solo a la Tierra –escribió en su libro Carrying the Fire– Creí siempre que nuestra probabilidad de supervivencia era de 50 y 50. Mi temor era ser el único sobreviviente. Si se estrellaban en la Luna, o no podían despegar de su superficie, volvería a casa de inmediato. No me iba a suicidar, pero sería un hombre marcado para toda mi vida”.
Nada de eso pasó. La fama le fue tan dura como la angustia. “No éramos héroes. La sociedad tiene otros héroes. Los astronautas no estamos entre ellos. Éramos buenos, trabajábamos muy duro, hicimos nuestro trabajo a la perfección: a eso nos habíamos comprometido. Y eso fue todo. No hubo heroísmo”.
Se retiró de la NASA al año siguiente de Apolo XI, en 1970. Aceptó trabajar en la función pública, en el Departamento de Estado, como Secretario Asistente para Relaciones Públicas y, en 1971, se convirtió en director del Museo Nacional del Aire y el Espacio de Washington, un sitio extraordinario, que ocupó hasta 1978.
Luego fue subsecretario del Instituto Smithsoniano, de quien depende el Museo del Aire y el espacio. Después de ser vicepresidente de la LTV Aerospace and Defense Company se dedicó a la actividad privada. Murió de cáncer el 28 de abril de 2021, a los noventa años.
La difícil vuelta a la Tierra de Buzz Aldrin
Con “Buzz” Aldrin las cosas fueron diferentes. Su regreso a la gloria desde la Luna no fue fácil. Tenía treinta y nueve años y cayó en una fuerte depresión y en el alcohol.
Le reprochó a la NASA no haberlos preparado, ni a él ni a sus dos compañeros, para el impacto psicológico que implicaría pisar la Luna y volver a casa. Cargaba con una tragedia familiar y un temor: su madre, que se apellidaba Moon (Luna), se había suicidado y “Buzz” Aldrin temía padecer una predisposición, genética o psicológica, hacia el suicidio.
“Cuando volvimos de la Luna –confesó una vez– ninguno de nosotros estaba preparado para la adulación que vino después. Éramos ingenieros, científicos, pilotos de combate, todos venerados como estrellas de cine. Fue demasiado para la mayoría de nosotros, sin duda lo fue para mí”.
En sus dos libros, Return to Earth (Regreso a la Tierra) y Magnificent Desolation (Magnífica desolación), narró también su lucha contra el alcoholismo, una adicción que había nacido ni bien se retiró de la NASA y luego de la muerte de su padre, en 1974.
En 2002, en una entrevista para la televisión japonesa, enfrentó a Bart Sibrel, uno de esos tipos que sostienen que el hombre nunca llegó a la Luna. Sibrel llamó a Aldrin “ladrón, mentiroso cobarde”, y Aldrin le dio una trompada en la cara. Los testigos revelaron que Sibrel había sido muy agresivo con Aldrin y la policía desestimó cualquier cargo en su contra.
Hoy, Aldrin es un republicano convencido que votó a George H. W. Bush y a su hijo George y en 2019 fue invitado especial del entonces presidente Donald Trump en su Discurso anual sobre el Estado de la Unión.
Con tres divorcios en las espaldas, tres hijos y una vida familiar agitada, volvió a casarse hace tres años, a sus noventa y tres, con Anca Faur, de sesenta y tres, porque: “Estamos tan emocionados como dos adolescentes que se fugan”. Eso es amor, de aquí a la Luna.
Un último chismecito sobre aquella misión a la Luna que nadie sabía cómo iba a terminar. El día del lanzamiento de Apolo XI, la NASA colocó a sus invitados especiales en un palco levantado a cinco kilómetros seiscientos metros de la plataforma de lanzamiento. No era una distancia impuesta por el azar o el capricho.
Los técnicos habían calculado que el combustible, los fragmentos de la nave espacial y los cuerpos destrozados de los tres astronautas podían llegar pulverizados a cuatro kilómetros ochocientos metros de la plataforma si la nave estallaba, si todo salía mal. Pero todo salió bien.
Fuente: Con informacion de TN


