Opinión

La economía del conflicto

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Hay debates que llegan tarde. El Decreto de Necesidad y Urgencia firmado por Javier Milei para impedir el ingreso o disponer la expulsión de extranjeros que promuevan mensajes de odio contra argentinos puede ser discutido desde el punto de vista jurídico o político. Pero, más allá de esa controversia, deja al descubierto un problema mucho más profundo: los Estados intentan responder con herramientas del siglo XX a un fenómeno diseñado por el siglo XXI.

La reciente ola de ataques contra la Argentina no fue espontánea ni exclusivamente producto de conductas individuales. Fue la consecuencia de un ecosistema digital que hace tiempo descubrió que el conflicto genera ganancias.

Internet necesita, periódicamente, un nuevo enemigo. Ayer fue un país, antes una comunidad y mañana será cualquier persona o hecho capaz de despertar indignación. Cambian los protagonistas. El mecanismo siempre es el mismo. Millones de usuarios consumen los mismos contenidos, reproducen los mismos prejuicios y creen participar de un debate global que, en realidad, está condicionado por algoritmos.

Durante años se repitió que las redes sociales reflejan el humor de la sociedad. En realidad, seleccionan qué sociedad vemos. No ordenan la información por su importancia, sino por su capacidad para captar nuestra atención. Y pocas emociones retienen tanto como el enojo.

Los algoritmos no distinguen entre una crítica legítima y una campaña de estigmatización. No analizan contexto, veracidad ni calidad del debate. Premian aquello que genera más clics, comentarios y tiempo de permanencia. Si el odio produce más interacción que la reflexión, obtiene más alcance. Negocio cerrado.

Por eso resulta insuficiente concentrar la discusión en quienes publican mensajes ofensivos. La pregunta decisiva es quién diseña las reglas que permiten que esos mensajes lleguen a millones de personas en cuestión de horas. Mientras las plataformas sigan recompensando la polarización porque es rentable, las campañas de odio seguirán multiplicándose.

Hoy el blanco fue la Argentina. Mañana podrá ser cualquier otro país, una minoría, una empresa o un individuo. El objetivo cambia, pero el negocio permanece.

El verdadero debate ya no pasa solamente por cómo reaccionan los gobiernos, sino por el poder que tienen las plataformas para decidir qué nos indigna, contra quién nos enfrentamos y cuánto tiempo permanecemos atrapados en ese conflicto. Mientras la polarización siga siendo un modelo de negocios, ningún decreto podrá competir con un algoritmo que convierte la indignación en ganancias.

Fuente: Por Guillermo Memo García (de la Redacción de COSA CIERTA)

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