
Los Passaglia decidieron que San Nicolás les queda chico. Después de más de una década y media manejando los destinos de la ciudad, ahora pretenden venderse como una alternativa para gobernar la Argentina. El problema es que el primer paso de esa ambición nacional fue bastante menos épico de lo que imaginaron.
El lanzamiento de Hechos, en la esquina de Sarmiento y José Ingenieros, dejó una postal difícil de disimular: una convocatoria escasa, sin el entusiasmo que debería acompañar a un espacio que dice tener aspiraciones de protagonismo nacional.
Hay un detalle todavía más irritante. Durante toda la semana hubo presiones e intimaciones para que empleados municipales participaran del acto. Sin embargo, ni siquiera ese mecanismo consiguió garantizar una concurrencia significativa. Si para mostrar músculo político necesitan recurrir a los trabajadores del Municipio, y aun así no logran llenar una convocatoria, el problema de representatividad empieza a ser bastante evidente.
Una cosa es tener un aparato municipal a disposición y otra muy distinta es contar con respaldo político genuino.
Pero el verdadero problema del lanzamiento no está en la cantidad de personas que asistieron. Está en el momento elegido y en las responsabilidades que los protagonistas parecen haber decidido dejar en segundo plano.
Santiago Passaglia es el intendente de San Nicolás. No obstante, mientras todavía tiene un mandato que cumplir y una ciudad con diversos y severos problemas concretos que resolver, ya se encuentra embarcado en una campaña nacional que tiene como horizonte 2027.
La duda es inevitable: ¿Quién gobierna San Nicolás mientras el intendente se dedica a construir su candidatura presidencial o, eventualmente, una postulación a la Gobernación bonaerense? Porque una cuestión es tener aspiraciones políticas y otra muy diferente es convertir el despacho municipal en una plataforma de lanzamiento personal. Si su prioridad dejó de ser la administración de la ciudad, lo mínimo que debería hacer es pedir licencia y dejar que otro se ocupe de las obligaciones que él parece haber puesto en segundo plano.
La ciudad no puede ser una escala administrativa en el camino hacia la Rosada. Tampoco un trampolín electoral para una familia que está erróneamente convencida de que su experiencia de poder local constituye una credencial suficiente para gobernar cualquier territorio.
San Nicolás tiene dificultades de infraestructura, servicios, seguridad, presión tributaria y transparencia que requieren tiempo, atención y gestión. No alcanza con producir videos, diseñar slogans y anunciar candidaturas.
El panorama tampoco mejora cuando se observa el otro frente de la sociedad política familiar. Manuel Passaglia ocupa una banca en la Cámara de Diputados bonaerense, pero su historial de ausencias en las sesiones legislativas alimenta un interrogante elemental sobre el compromiso con la función para la que fue elegido. Resulta difícil entender cómo alguien que no parece encontrar demasiadas oportunidades para cumplir con regularidad sus obligaciones legislativas pretende proyectarse como protagonista de una construcción nacional. Para reclamar responsabilidades a los demás, primero habría que empezar por cumplir las propias.
Y todavía queda la pregunta más importante, probablemente la que más enfada al clan: ¿con qué recursos piensa financiar el passaglismo su campaña nacional?
Una estructura electoral que pretende trascender los límites de San Nicolás requiere dinero, logística, publicidad, equipos, recorridas, fiscales y presencia territorial en todo el país. Nada de eso es gratuito. ¿De dónde saldrán los fondos? ¿Quiénes serán los aportantes? ¿Cómo se financiará el despliegue político y comunicacional? ¿Habrá explicaciones públicas sobre el origen y la utilización de esos recursos? Son preguntas legítimas cuando un espacio que hasta ahora tuvo su principal base de sustentación en un municipio anuncia que pretende competir en las grandes ligas de la política argentina.
También cabe preguntarse si detrás de semejante lanzamiento existe realmente un proyecto nacional o si se trata de una operación de posicionamiento para negociar con algún espacio político antes del cierre de listas. Porque una cosa es construir un partido con identidad, representación y estructura propia, y otra muy distinta es levantar una candidatura como moneda de cambio para conseguir un lugar en una alianza electoral. La experiencia política de los Passaglia invita, cuanto menos, a no descartar esa posibilidad.
Por ahora, el balance es bastante menos espectacular que las aspiraciones anunciadas. Una convocatoria floja, un intendente mirando hacia afuera de su ciudad, un diputado con demasiadas ausencias y una estructura política que todavía debe explicar cómo piensa sostener económicamente su expansión nacional.
El clan Passaglia quiere que el país los tome en serio, pero todavía tiene demasiadas cuentas pendientes con San Nicolás. Pretenden vender transparencia, gestión y renovación política mientras se las ingenian sistemáticamente para esquivar explicaciones, eludir controles y evitar rendir cuentas sobre sus propias decisiones. Ahora quieren dar el salto nacional sin siquiera explicar quién paga la factura de semejante aventura. Porque la Presidencia no es un emprendimiento familiar, la Municipalidad no es una agencia de campaña y el Estado no es una caja disponible para financiar ambiciones personales. Podrán cambiar de escenario, multiplicar los slogans y buscar nuevos socios electorales, pero no pueden escapar eternamente de las preguntas que les deben a los nicoleños. Antes de pedirle confianza al país, deberían empezar por rendir cuentas en su propia casa.



