Sociedad

Neofobia y selectividad alimentaria: cómo entender y afrontar el rechazo a nuevos alimentos en los niños

Conocer las causas, evitar errores comunes y aplicar estrategias positivas ayuda a que los pequeños amplíen su repertorio y disfruten de una alimentación saludable, explica la pediatra Florencia Podestá

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La neofobia y la selectividad alimentaria son fenómenos que afectan a muchos niños en sus primeros años de vida. Pero, ¿qué significan exactamente? Se refieren a la falta de voluntad para comer alimentos familiares o probar nuevos, acompañada de una fuerte preferencia por otros. Este comportamiento no es casual; es un reflejo heredado que data de miles de años atrás, cuando evitábamos consumir frutos o plantas potencialmente tóxicas para prevenir intoxicaciones.

¿Cómo funciona esta respuesta? Cuando un niño detecta que un alimento no le resulta familiar —por su color, forma o textura— tiende a rechazarlo. En la actualidad, este mecanismo se ha visto acentuado por la exposición temprana a altos niveles de azúcar, colorantes, conservantes y aditivos presentes en los alimentos ultraprocesados. Un niño sano, expuesto a una variedad adecuada de alimentos de calidad, puede autolimitar su ingesta, comiendo solo lo que necesita en ese momento. Sin embargo, cuando el consumo está dominado por productos con altos contenidos de sustancias artificiales, el cerebro desarrolla una dependencia real, lo que refuerza la aversión a otros alimentos y profundiza la neofobia.

Entonces, ¿qué podemos hacer como padres o cuidadores? Lo primero es observar qué come nuestro hijo, cuánto y cómo lo hace. Es común que los niños picoteen durante todo el día; si sumamos esas pequeñas ingestas, muchas veces alcanzan una cantidad adecuada. La selectividad suele comenzar cerca de los dos años, etapa en la que los niños exploran su entorno y prefieren comer alimentos fáciles de llevarse con las manos. En ese momento, la creatividad infantil puede ser aliada: transformar frutas y verduras en tiritas o pequeños bocados atractivos ayuda a ampliar su repertorio.

Además, enseñarles a comer implica involucrar todo el cuerpo y generar experiencias positivas en familia. El ejemplo es fundamental: nuestras neuronas espejo aprenden observando. Si los adultos comen con placer y variedad, el niño tenderá a imitar esa actitud. Aunque existe una base genética y protectora en la selectividad alimentaria, las acciones cotidianas que realizamos durante esa etapa pueden marcar la diferencia: ofrecer experiencias placenteras al sentarse a la mesa, sentir diferentes olores, ver colores y texturas variadas ayuda a que el cerebro del niño procese mejor esa información y acepte nuevos sabores con el tiempo.

¿Y qué no debemos hacer? No insistir ni obligar al niño a comer; evitar condicionar o castigar en relación con la comida; no distraerlo para que coma ni forzarlo a aumentar su ingesta mediante técnicas coercitivas. Estas actitudes solo generan rechazo y ansiedad.

Por otro lado, hay prácticas recomendables: ofrecer alimentos preparados en casa con ingredientes reales; variar los grupos alimenticios; permitirles comer con las manos o como prefieran; presentar porciones pequeñas pero nutritivas; evitar productos empaquetados y ultraprocesados. La clave está en aprender jugando: comer se convierte en una experiencia divertida cuando se fomenta desde el respeto y la creatividad.

En definitiva, superar la neofobia y promover una alimentación saludable requiere paciencia, empatía y constancia. Con estímulos positivos y un ambiente familiar cálido, los niños podrán ampliar su repertorio alimentario sin miedo ni tensiones excesivas. Porque aprender a comer también es aprender a disfrutar.

 

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