
María del Valle Salazar, psicóloga y profesora de expresión corporal, articula su trabajo entre el arte y la salud. Oriunda de San Nicolás, dio sus primeros pasos en la danza entre los 6 y los 18 años. Más tarde, Rosario se convirtió en la ciudad donde se desarrolló profesional y artísticamente. Los espacios de salud mental fueron los ámbitos comunitarios en los que germinó su deseo de habilitar el arte no solo como recurso terapéutico, sino también como canal de transformación y estilo de vida. Como mujer de barrio, reconoce que el acceso a las expresiones artísticas le permitió crecer en todos los aspectos y busca integrar las distintas disciplinas dentro de los establecimientos educativos. Artista con todas las letras, en ella predomina un lado terrenal atravesado por la docencia y la articulación entre lo artístico, la educación, la inclusión, la discapacidad y la expresión corporal. Es la única profesional de su familia y, en la actualidad, desarrolla diversos trabajos en instituciones educativas, su consultorio de psicología y talleres destinados a personas con discapacidad, donde fomenta, a través del movimiento, la comunicación necesaria para una inclusión clara en la sociedad. También alimenta su faceta creativa mediante “Memento Mori Artes Escénicas”, un espacio donde las diferentes ramas del arte dan lugar a la formación artística y a las emociones.
La necesidad del arte en la acción de vivir:
“El arte es la fuerza o el movimiento que puede abarcar todo en el ser humano: su estado mental, su psique, sus acciones vinculares, su lado afectivo, incluso ese lado emocional o esotérico que no se ve en los libros. La vinculación entre seres humanos requiere un lenguaje y, en el arte, podés encontrar varios de ellos. Solo resta saber cuál es para vos o cuál te resulta cómodo o agradable. El arte, para mí, es inherente y no solo repercute como una utilidad para los vínculos, sino que también representa un canal más que armónico para desarrollar el lado afectivo que llevamos con nosotros”.
La mixtura del mundo psicológico y artístico en una mente que no se detiene por nada:
“Cuando se empezaron a mezclar mis mundos, entré en una complicación neurótica, producto de las etiquetas, los estereotipos y de que te indiquen cómo debe ser una psicóloga o cómo debo impartir una clase de danza. Es un padecimiento más vinculado a lo mental que a lo que realmente sucede. Hoy en día tengo metodologías que unifican lo artístico con lo clínico y viceversa. Siempre busco profesionalizarme ante cada situación que aparece en los espacios donde trabajo y profundizo, ya sea desde el lado humano, intelectual o emocional, para dar con el resultado o problema preciso que la situación demande”.
La profesionalización del artista:
“Siento una falta de transparencia en la forma en la que se procede para trabajar con el arte. El concepto de libertad no solo debe ser para los artistas, sino también para las instituciones. Deben existir convocatorias abiertas en donde esté especificado absolutamente todo lo pertinente al desarrollo artístico, desde el currículum del artista hasta sus honorarios. Profesionalizar el trabajo del artista también se ve afectado por la burocracia y el poco deseo de progresar desde lo comunitario. De la boca para afuera, todo es popular o algo agradable para la comunidad, pero la realidad suele ser distinta. Es necesario aplicar metodologías de creación de proyectos que vayan más allá de una materia y sirvan para el desarrollo de actividades que sí contemplen a la comunidad, entendiendo los recursos que posee”.
La chispa originaria de ser artista:
“El término artista nunca lo sentí tan presente como ahora. Soy artista porque el arte me dio la oportunidad de tener la vida que tengo, me generó la capacidad de crear. Considero que el artista debe tener una trascendencia en el tiempo y una valoración de la sociedad, lejos de una alimentación del ego, sino más bien de una creación de momentos y sensaciones inolvidables”.
Trabajar con el arte no está sujeto al brillo del escenario, sino a todo lo que está detrás para que lo demás funcione. En ese campo, que solo comprenden quienes lo viven, se encuentra María, creando todo lo necesario para lograr una acción comunitaria que despierte de una vez el lado artístico, ayude a encontrar un camino seguro hacia la salud mental o alimente los canales de comunicación adecuados para el funcionamiento de los vínculos. “Nadie se salva solo”. Por suerte, está María, con su conocimiento acerca de cada lenguaje que puede brindar el ser humano, su rebeldía convertida en método y su nostalgia latente por cómo construyó su persona por medio del arte. Donde haya menos competir, más compartir. Y donde decir mucho sea, en verdad, mucho decir. Jugar a ser creativo.


