
San Nicolás asiste a un fenómeno político que parece extraído de un manual de marketing: la gestión de la estética por sobre la gestión de la realidad.
Bajo el sello del invento Hechos, los hermanos Santiago y Manuel Passaglia perfeccionaron una maquinaria publicitaria que, a través de filtros y puestas en escena, intenta camuflar una ciudad que se resquebraja en sus cimientos.
La puesta en marcha del plan de juegos y toboganes en el Ecoparque -obra que avanza ignorando sistemáticamente las atribuciones del Poder Judicial- es la metáfora perfecta de su gobierno: una distracción colorida para una ciudad que reclama soluciones de fondo.
El mentado “modelo San Nicolás” que los Passaglia intentan exportar como un ejemplo de eficiencia es, en rigor, una exitosa construcción de percepción pública que se desmorona ante los datos técnicos.
El Índice de Ciudades Argentinas dejó al desnudo esta farsa: en un análisis de 43 centros urbanos sobre cohesión social y desarrollo, San Nicolás ni siquiera figura. Mientras el clan se jacta de vivir en “la mejor ciudad de la Provincia”, distritos como Bahía Blanca o Rafaela demuestran que el progreso real no se mide en metros de césped sintético, sino en competitividad y hábitat.
La desconexión con el vecino es alarmante. Mientras el intendente y el diputado utilizan sus redes para “disparar” críticas hacia el gobernador o el presidente en una búsqueda desesperada de protagonismo nacional, el nicoleño camina por barrios donde las necesidades siguen siendo las mismas de hace décadas.
La inseguridad hace años que ya no es una sensación. Es una realidad que los Passaglia pretenden combatir con cámaras que parecen estar más atentas al “marketing del control” que a la prevención efectiva del delito.
A esto se suma una presión impositiva que asfixia. Las tasas municipales se convirtieron en un “asesinato” silencioso al bolsillo de los contribuyentes. Es la paradoja del espejito de colores: se exige un esfuerzo fiscal de primer mundo para financiar una gestión que devuelve parafernalia proselitista y eventos para alimentar el ego digital del clan, en lugar de generar empleo genuino o infraestructura estructural.
La falta de transparencia es el pilar de este feudo moderno. El manejo discrecional de recursos y el desprecio por las instituciones judiciales pintan de cuerpo entero a una familia que confunde el Estado municipal con su patrimonio privado. No hay “Avenida del medio” posible cuando la gestión se reduce a atacar hacia afuera para no explicar los fracasos internos.
El passaglismo subestima la inteligencia de la ciudadanía al creer que puede seguir comprando voluntades con plazas y likes.
San Nicolás merece una gestión humana y transparente, no una agencia de publicidad. El tiempo de los espejos de colores se agotó. Es momento de que el clan rinda cuentas de la ciudad real, esa que no sale bien en sus fotos de perfil.



