
Mariano Zabaleta tiene una manera particular de contar su historia. Se ríe de sí mismo, se permite reconocer sus errores y habla con la misma naturalidad de una final de Masters 1000 que perdió, de las raquetas que rompía cuando se enojaba dentro de una cancha o de las lágrimas que se le escapan cuando ve a sus hijos en un acto escolar.
En una charla en “Random” con Leo Montero, recorrió distintas etapas de su vida y dejó una definición que atraviesa buena parte de su presente: después de haber dedicado casi todo a ser tenista, eligió no perderse el crecimiento de sus hijos.
Hoy tiene 48 años, tres hijos —Fermín, Vicente y Matilde— y ocupa un lugar central en la dirigencia del tenis argentino. Pero llegar hasta ahí implicó tomar decisiones que no siempre fueron fáciles.
Zabaleta fue número uno del mundo junior, llegó al puesto 21 del ranking ATP y ganó un título de Roland Garros en juveniles. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir cómo continuar su vida después del tenis, descartó una opción que parecía natural: convertirse en entrenador y seguir viajando por el circuito.
“No quiero perderme un minuto de los chicos”
La paternidad modificó sus prioridades. Zabaleta había probado durante un año el rol de entrenador junto a Juan Mónaco, pero cuando nació su primer hijo entendió que seguir viajando significaba repetir, de alguna manera, la vida que había llevado como jugador.
“Me perdí muchas cosas también de la infancia. Entonces digo: no quiero seguir viajando como entrenador y quiero disfrutar a mis hijos minuto a minuto”, explicó.
La decisión no tuvo que ver con haber dejado de amar el tenis. Todo lo contrario. Zabaleta asegura que sigue amando el deporte “con toda su alma”, pero descubrió que había algo que para él estaba por encima de cualquier viaje, torneo o desafío profesional.
También contó que suele preguntarles a personas mayores de qué cosas se arrepienten de su vida. Según relató, la respuesta que más se repite está relacionada con el tiempo que no pudieron compartir con sus hijos. Esa experiencia terminó de reforzar una elección que ya había tomado. “Ser padre es lo más lindo que a mí me pasó en la vida”, resumió.
Fermín tiene 11 años, Vicente nueve y Matilde siete. Y Zabaleta admite que con ellos aparece una versión mucho más sensible de sí mismo. Dice que le cuesta poner límites, que su esposa Mariana suele tener una personalidad más firme y que él ocupa un lugar más permisivo. También reconoce que decirles que no puede convertirse en una discusión de horas, porque cada límite trae consigo una explicación.
Se retiró en medio de un partido y nunca volvió
Una de las historias más particulares de su carrera ocurrió cuando tenía apenas 29 años. Zabaleta estaba jugando un torneo en Lima, Perú, y llevaba años compitiendo en el circuito profesional. Ese día, durante el partido, sintió algo que no pudo explicar demasiado: simplemente entendió que no quería jugar más.
No hubo conferencia de prensa, anuncio oficial ni una despedida preparada. “Le dije al árbitro: me voy. Pero hay una regla que no te podés ir lesionado. Dije: ‘No, no me voy, me voy para siempre, no me ven más’”, recordó.
Después se fue al hotel. Compartió habitación con Mariano Puerta y terminó tomando un vuelo. Lo más llamativo es que nunca regresó al circuito. “Nunca más aparecí”, contó.
La decisión había sido tan repentina que ni siquiera él sabía con precisión qué iba a hacer después. Volvió a la Argentina y pasó unos seis meses sin trabajar hasta que el periodista Germán Paolovsky lo convocó para un nuevo proyecto televisivo. Así nació “Pura Química”, programa en el que Zabaleta trabajó durante siete años y que terminó siendo una de las experiencias que más lo ayudaron en su vida después del tenis.
El extenista explicó que aquella etapa le permitió aprender sobre televisión, producción, marcas y comunicación. También le sirvió para desarrollar una faceta que luego llevaría a sus trabajos actuales con deportistas y empresas.
El partido que todavía recuerda: el match point contra Marcelo Ríos
Zabaleta también habló de una de las derrotas que más marcaron su carrera: la final del Masters 1000 de Hamburgo contra el chileno Marcelo Ríos.
Tenía 21 años y llegó a tener un match point. Si hubiera ganado, según explicó, probablemente habría terminado aquella temporada cerca del puesto 15 del mundo en lugar del 21 y habría conseguido un título de Masters 1000. “Me hubiera cambiado mucho”, reconoció.
Con el paso de los años, esa derrota se transformó en una referencia para entender lo que significa llegar a una final y perderla. Zabaleta sostuvo que una instancia de ese nivel puede hacer que todo el trabajo de años parezca desmoronarse en segundos. “Se te caen 20 años de trabajo en un segundo”, graficó.
Para él, además, no existe un manual para reaccionar ante una situación así. Cada deportista procesa de una manera diferente ese momento extremo y la cabeza puede jugar un papel determinante.
La enseñanza de las raquetas rotas
Durante su carrera también tuvo fama de temperamental. Rompía raquetas cuando se enojaba y, con el tiempo, entendió que ese comportamiento podría haberle costado partidos.
Una marca que lo auspiciaba llegó a ponerle un límite: en lugar de entregarle la cantidad de raquetas que pedía, comenzó a reducir el número disponible.
Zabaleta contó que, visto desde la distancia, aquella situación fue una verdadera lección de vida. El problema fue que el castigo económico no era suficientemente fuerte: las raquetas adicionales costaban apenas 30 dólares, por lo que seguía teniendo la posibilidad de romperlas.
“Ese es un déficit mío”, reconoció al analizar hoy aquella etapa. También admitió que su carácter dentro de la cancha podía sacarlo de foco y afectar su rendimiento.
El beso de Catherine Zeta-Jones que quedó en la historia
Entre las anécdotas más insólitas de su carrera aparece una que parece salida de una película.
Zabaleta había ganado un torneo en Bermuda. Durante la ceremonia de premiación, el director del certamen le avisó que Catherine Zeta-Jones sería quien le entregaría la copa. La actriz estaba en la isla junto a Michael Douglas y había presenciado la final.
Según contó el extenista, ella le entregó el trofeo, le dio un beso en una mejilla y luego otro en la otra. Después le pidió “one more” y terminó dándole un beso en la boca.
Zabaleta recuerda la situación con cierta vergüenza, aunque también con el humor que caracteriza su relato. “Fue increíble”, resumió.
De jugador a dirigente: “Me ha hecho perder amigos”
Su vida volvió a girar alrededor del tenis, aunque desde otro lugar. Zabaleta es vicepresidente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT) y habló con particular énfasis sobre el desafío de tomar decisiones desde la dirigencia.
Para él, dirigir implica aceptar que no todas las decisiones van a dejar conformes a todos. Incluso contó que ese trabajo le hizo perder amigos dentro del ambiente.
“Te eligen para que tomes decisiones”, explicó. Y agregó que, cuando las toma, intenta hacerlo pensando “en el beneficio para la mayoría, para futuro”.
Zabaleta reconoce que nunca estudió específicamente para ser dirigente. Por eso eligió rodearse de profesionales de distintas áreas y buscar una estructura que permita manejar a la Asociación con una lógica más profesional.
Su objetivo es que el tenis argentino pueda contar con una dirigencia profesional acorde con el nivel de los jugadores que produce el país. En ese sentido, destacó el trabajo realizado para ampliar la cantidad de torneos y las posibilidades de competencia para los jóvenes que no cuentan con recursos suficientes para viajar.
También destacó la incorporación de extenistas y figuras reconocidas a distintos proyectos de la Asociación, entre ellos Gastón Gaudio, Guillermo Coria, Juan Ignacio Chela, Martín Jaite y Gabriela Sabatini.
“Siempre digo: veamos los números, qué creció, qué se hizo”, planteó ante las críticas.
Su vínculo con Gabriela Sabatini
Zabaleta también habló de su relación con Gabriela Sabatini, a quien definió como una persona excepcional y alguien a quien elegiría para formar parte de su familia.
El vínculo se profundizó con los años y hoy también trabajan juntos en algunos proyectos relacionados con su imagen y las marcas. Zabaleta destacó que Sabatini mantiene una enorme valoración internacional y que su figura trasciende ampliamente sus logros deportivos.
La definió como una persona con una conexión humana “a otro nivel” y destacó el cariño que tiene por la Argentina.
El tenista que más lo impresionó: Nadal
Cuando tuvo que elegir qué distingue a los grandes campeones, Zabaleta habló de una combinación entre talento, físico y cabeza. Y puso a Rafael Nadal como ejemplo.
Según su mirada, el español estaba físicamente varios escalones por encima del resto y además tenía una fortaleza mental extraordinaria.
Zabaleta contó que tuvo la posibilidad de compartir momentos con Nadal cuando todavía era muy joven, gracias a su amistad con Carlos Moyá. Lo veía entrenar desde que tenía alrededor de 14 o 15 años y quedó impresionado por la intensidad de sus jornadas.
Para Zabaleta, allí también está una de las claves para entender por qué determinados deportistas alcanzan un nivel extraordinario: no alcanza solamente con el talento. Hay una forma de procesar los momentos decisivos y de sostener el esfuerzo que distingue a los grandes campeones.
“Hice todo lo que quise en esta vida”
Quizás una de las frases que mejor resume la filosofía de Zabaleta apareció cuando Montero le preguntó por aquella decisión de retirarse de manera tan inesperada.
El extenista no se arrepiente. Dice que siempre fue una persona que se dejó llevar por lo que sentía, que nunca tuvo miedo de soñar y que, cuanto más le decían que estaba loco, más ganas tenía de avanzar.
“Soy un gran soñador de la vida”, sostuvo.
Y después agregó una frase que funciona casi como una síntesis de su recorrido: “Hice todo lo que quise en esta vida”.
Fue número uno del mundo junior, llegó a estar entre los mejores 25 tenistas del planeta, ganó Roland Garros juvenil, enfrentó a los mejores de su generación, le ganó a Roger Federer, trabajó en televisión, construyó una familia y ahora intenta transformar su experiencia en decisiones para el futuro del tenis argentino.
Pero si hay algo que parece haber cambiado sus prioridades, no fue el ranking ni una lesión. Fueron sus hijos.
A los 48 años, Zabaleta ya no mide su vida solamente por los torneos que ganó o las finales que perdió. Su mayor desafío parece estar en otro lugar: estar presente para Fermín, Vicente y Matilde, mientras intenta devolverle al tenis parte de todo lo que el deporte le dio.
Y entre todas las decisiones que tomó, quizás esa sea la que más orgulloso lo hace sentir.
Fuente: Con informacion de TN

