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El ritual de un barrio que recuperó su lugar en el mundo

La vuelta de El Fortín a su viejo estadio “La Vieja Guardia” dejó de ser novedad para transformarse en costumbre: cada partido es una fiesta donde la familia fortinera se reencuentra con su historia

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La noticia ya no es la inauguración. Es lo que pasa cada dos semanas en las intersecciones de Ponce de León y Morteo. “El Fortín” volvió a su casa hace un tiempo, sí. Pero lo que hoy emociona es el fervor con el que su gente transformó a “La Vieja Guardia” en un verdadero ritual de pertenencia.

Desde temprano, el predio “Juan Carlos ‘Pocho’ Tambutto” empieza a tomar color. Las banderas se cuelgan, el mate empieza a girar y los más chicos corren por los alrededores con una pelota bajo la suela. No es solo un partido: es una reunión de familia. El ‘’clan’’ fortinero. En los accesos, los saludos se multiplican, los nombres propios se repiten como si fueran parte de una misma historia compartida. Nadie es extraño ahí adentro.

En las tribunas hay de todo. Están los pibes que se sumaron en estos últimos años, los que empujan con bombos y canticos. Pero también están los históricos, los que vivieron el club en otras épocas y hoy vuelven a pisar ese mismo suelo con los ojos cargados de recuerdos. Hay abrazos que se multiplican, historias que se reencuentran, generaciones que se cruzan. Padres que llevan a sus hijos y les muestran dónde se paraban de chicos, abuelos que señalan la cancha como si fuera un tesoro recuperado.

Porque este presente tiene raíces profundas. La mística de la “Vieja Guardia” no es un slogan: es identidad. Nombres como “Juan Geloso” y el “Conejo” Gutiérrez siguen flotando en el aire, como símbolos de una resistencia que fue clave para que el club no desaparezca. Ellos, junto a tantos otros, defendieron estos terrenos cuando todo parecía perdido, cuando sostener la ilusión parecía una locura.

También está el esfuerzo invisible, ese que no sale en la foto. El de la Subcomisión de Damas, que durante años organizó bingos y movidas para juntar fondos, peso por peso, ladrillo por ladrillo. El de los que pintaron, cortaron el pasto, armaron alambrados, colgaron redes. El de los que nunca soltaron. Y el de las distintas gestiones que sostuvieron el proyecto, desde “Agustín Mamoli” hasta el presente con “Alberto Antonini”, acompañados por una Subcomisión de Fútbol que sigue metiéndole todos los días para que el club crezca y por muchos colaboradores que no quieren llevarse ningún flash.

Hoy, todo ese recorrido se traduce en algo simple pero poderoso: pertenencia. Porque El Fortín no solo recuperó la localía, recuperó su lugar en el barrio. Volvió a ser ese punto de encuentro donde el fútbol es la excusa perfecta para compartir, para encontrarse, para sentirse parte de algo.

El crecimiento institucional acompaña: inferiores que no paran de sumar chicos, el fútbol femenino que se sigue afianzando, nuevas generaciones que empiezan a escribir su propia historia con la camiseta albinegra. Cada categoría, cada entrenamiento, cada partido suma un capítulo más a una historia que no deja de escribirse con la tinta del sudor diario.

Y hay detalles que terminan de explicar todo: el humo que sale detrás del arco, las banderas que flamean con orgullo, el aplauso cerrado cuando termina el partido más allá del resultado. Porque acá no se trata solo de ganar, en la ‘’Vieja Guardia’’ se trata de estar.

Fuente: con foto de Juan Carlos Mamone

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